martes, 19 de febrero de 2013

¿Quién domina en su vida?



“Tengo un problema”, dijo D.J. a un amigo, “me han invitado a dos actos: una conferencia y una boda, y no sé a cuál ir”.

“Hombre, qué casualidad”, respondió el otro, “también estoy invitado esta noche a esas dos mismas cosas, pero yo voy a la boda, porque ahí se bebe y se goza más, lo otro es muy aburrido”.

“Es verdad”, contestó D.J., “pero en la conferencia me voy a mezclar con mucha gente importante”.

Y así fue como D.J. fue a un acto y su amigo al otro, cada uno movido por una fuerza diferente. Uno por el deseo de disfrutar, y el otro por el de ser importante. ¿Cuál de las dos invitaciones hubiéramos honrado usted y yo?
Hay mucha gente que sin darse cuenta ha hecho depender ahora su felicidad de tres reyes: el darse gusto (Rey Placer), el tener el mando (Rey Poder) y el darse importancia (Rey Prestigio).
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Contrariamente a los reyes de los niños, que traían regalos, los tres reyes de los adultos, -Placer, Poder y Prestigio- producen adicción y dependencia, convirtiendo a sus seguidores en esclavos.
La prueba de esto es que hay infinidad de personas cuyas vidas están totalmente regidas por alguno de ellos. 

Por ejemplo, D.J. (el que fue a conferencia) está regido por la ambición de tener prestigio, y su amigo (el que fue a la fiesta) por la apetencia de gozar, de darse gusto: el Rey Placer.

¿Cuál de los tres reyes me mueve más a mí? ¿Alguno de ellos me domina de tal modo que no puedo ser feliz si no lo tengo?

Pongamos por ejemplo el tercero. ¿Acaso depende mi felicidad de que los demás me elogien, aprueben, feliciten o hagan “merecidos reconocimientos”?

Si sólo me siento feliz de esta forma seré un “prestigiólico o prestigioadicto”, y ese “rey” ordenará mi vida.

La pregunta de hoy:

¿Fue el Señor tentado por estos “tres reyes”?

En el evangelio de hoy, aparece el Señor siendo claramente tentado a rendirse ante cada uno de ellos, y en ese mismo orden.

Pienso, hasta con algo de miedo, que si el Señor se hubiera ablandado y hubiera cedido ante cualquiera de ellos, no existiría hoy para mí la capacidad de amar, ni de perdonar, ni de encontrar un sentido trascendente a mi vida presente, ni de ser libre de escoger el único camino que me dará la auténtica felicidad.

Él dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

Hoy entiendo mejor que nunca sus palabras: “¿De qué le sirve a un hombre ganarse el mundo entero si se pierde a sí mismo?”.

Ciertamente, ¿de qué nos serviría correr como esclavos detrás del placer, del poder o del prestigio si no tenemos paz ni alegría interior, y acabamos sintiéndonos mal con nosotros mismos?

Le digo la verdad: las únicas personas auténticamente felices que conozco son las que han elegido a Jesucristo como su amigo, su Señor y su Rey. 

Luis García Dubus, Santo Domingo; Listín diario

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