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MATEO 6.5, 6 | Imagine que usted está de pie en medio de un
auditorio lleno de miles de personas. Si cada una de ellas hablara al mismo
tiempo, lo más probable es que usted no podría distinguir una voz de otra.
Este mismo
principio se aplica a la oración. En nuestra vida cotidiana, estamos rodeados
por innumerables voces que demandan nuestra atención: la de nuestros hijos,
familiares, amistades y empleadores. Con todas estas personas tratando de ganar
nuestra atención, no es de extrañar que la voz de Dios parezca, a veces,
silenciosa o distante.









