sábado, 18 de febrero de 2012

El Señor puede liberarlo



Mi amigo T. L. cayó de rodillas frente a un sagrario y comenzó a llorar abundantemente. En aquella solitaria capilla, alumbrada solo por la débil luz que despedía la vela que siempre colocan junto a los sagrarios, acababa de producirse un milagro. Durante años, el corazón de T. L. había estado siendo atormentado por un sordo rencor, dirigido hacia las personas que lo habían torturado en la célebre cárcel de “La 40”, en tiempos de Trujillo. En ese momento, en esa capilla, el Señor acababa de sanarlo, concediéndole la capacidad y la potencia de perdonar.


T. L. cuenta que lloró profusamente al sentirse liberado de ese martirizante peso que mantenía su mente ocupada constantemente en amargos planes de venganza.

¿No le parece a usted que eso fue un auténtico milagro? El hecho de que una persona pueda liberarse de un profundo odio como este, solo puede ser explicado mediante una intervención de Dios.

Algo parecido pasa con otros sentimientos fuertes que nos esclavizan, condicionando toda nuestra existencia. La tristeza, puede arruinar la vida de una persona. Igual pasa con el miedo, el desaliento, la incomodidad, y otros estados de ánimo que hacen sufrir y esclavizan.  Seguramente podrá usted añadir muchos otros ejemplos. 

En el evangelio de hoy (Marcos 1, 40-45) aparece otro pobre esclavo siendo liberado. Se trata de un hombre que tenía gran necesidad de ayuda: era leproso. Ser leproso en aquella época, equivalía a ser un rechazado, un solitario, un paria.

Y el hombre cae de rodillas, frente al Señor y le dice: “Si quieres, puedes limpiarme”

Y el Señor responde: “Quiero, queda limpio”. “Enseguida se le quitó la lepra y quedó limpio”. (Marcos 1, 41-45)

¿De qué necesita usted ser liberado hoy?  ¿Qué lo atormenta?  ¿Qué lo hace infeliz?  Pues escuche esta frase:  “Vengan a mí todos los que se sientan cargados y angustiados, porque yo los aliviaré”

El leproso fue donde el Señor hace mucho.  T. L. fue hace poco. Usted y yo podemos ir HOY

La pregunta de hoy
Está claro que el señor puede liberarme, pero ¿quiere liberarme...?

Lo voy a relatar algo, y luego usted dirá: Una madre dijo a un hijo que no corriera descalzo por el patio.  El niño no hizo caso a la mamá, y mientras se divertía jugando se clavó una espina.  Así que fue donde su mamá llorando.

- “¿Qué te pasó mi hijo?”

- “Que me clavé una espina”... dijo el niño amilanado.

- “¿Estabas corriendo en el patio descalzo?” pregunta la madre, (aunque ya ella sabía.)

- “Perdóname mamá”, responde el niño aceptando su desobediencia. Y agrega: “Me duele, mamá. ¡Ayúdame!”

Ahora dígame: ¿querrá la madre ayudar a su hijo...?

Y si una madre quiere ayudar a su hijo, ¿cómo no va a querer Dios ayudarlo a usted...?  Él es quien dice: “¿Puede una madre olvidarse de su criatura...?  Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré”. (Isaías, 49, 15)

Así que Él sí quiere liberarlo. Todo lo que hace falta es que usted, consciente de su problema, vaya donde Él y le diga, “Señor, si quieres, puedes...”

Autor Luis García Dubus
Fuentes: Listín Diario

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