martes, 4 de agosto de 2015

Un llamado a ser vigilantes



Hace unos días regresé con mi familia de Finlandia. Fue un viaje emocionante desde la salida de nuestra casa en Córdoba, España, hasta el delicioso regreso. Quedé fascinado por la cultura, la calidad de las personas y la majestuosa naturaleza de este país nórdico. (También supe lo que puede llegar pesar el equipaje de cuatro mujeres, mi esposa y mis tres hijas).


Durante nuestra estancia en el sur de Finlandia, pasamos un día completo en un sitio de ensueño en Evijärvi.  Una agradable casa de madera a orillas de un lago, arropada por un exuberante bosque de piceas, pinos y abetos fue nuestro cuartel general. La jornada de pesca y camaradería prometía. Todo tenía dimensiones paradisiacas hasta que nuestros anfitriones con una tranquilidad funeraria nos hicieron historias de osos y lobos.

De pronto, el paraje ya no me resultaba tan deseable, sobre todo por causa de mis traviesas hijas.  Me gustan los lagos serenos, los bosques exóticos, las casitas de troncos, pero los osos y los lobos no entran dentro de mis preferidos entre la fauna cercana. Disfrutamos la estancia, pescamos algunos peces y reímos entre amigos en sano y merecido ocio, pero a cada rato recordaba que era posible la llegada de un singular visitante no deseado.

No hubo incidentes en el bosque, no vi osos, ni lobos,pero esta experiencia me hizo recordar que sin importar la bonanza de los tiempos que podamos vivir, no debemos ignorar la existencia de realidades que suponen un peligro y para las que debemos estar preparados. Estuve alerta sin perder el gozo. Vigilé sin dejar de divertirme. Mis ojos exploraban el horizonte mientras veía a mis hijas correr. No estuve paranoico, solo presto. No hice otra cosa que lo que cualquier padre haría.

En el pasaje que da inicio a este artículo Pablo está haciendo referencia a un ofensor a quien él ya había perdonado. Le pide a la iglesia que también lo perdone para que Satanás no gane partido en episodios de enojo y amargura.  Les advierte a los corintios que cualquier descuido podría permitir al enemigo de sus almas la entrada a la congragación toda. Es un llamado de alerta a no creerse a salvos solo por tener la razón, había que actuar en consecuencia a la advertencia que las Escrituras hacen sobre el perdón y la restauración. Nunca estamos totalmente seguros si descuidamos el estar vigilantes, sea esto en un deslumbrante lago o en una apacible iglesia. Esa es la advertencia de Pablo y hacemos bien en prestar atención a su reclamo.


No importa cuánto tiempo lleves de cristiano, ni cuántas veces has leído la Biblia, ni qué ministerio desempeñes, la realidad del oso y el lobo está ahí y actuamos sabiamente cuando no desestimamos la advertencia bíblica al respecto.  Debemos ser centinelas responsables sobre nuestro corazón para evitar que este sea herido por el averno. Aún en el remanso de la oración, el lugar más seguro para un creyente, Jesús nos enseñó a orar: “líbranos del mal” (Mateo 6:13). No importa qué tan profunda sea nuestra espiritualidad, tenemos un enemigo acechante, agazapado en algún recodo del camino para victimar a incautos y vanidosos. ¡Debemos tener cuidado!

Ya sea en la nórdica Finlandia, en el ardiente Medio Oriente, o en las tropicales islas del Caribe hay una misma realidad: existen peligros que hacemos bien en recordar y ellos vienen a ser verdades paralelas de una realidad espiritual. Los cristianos del mundo entero tienen un común adversario, un peligroso oponente que, aunque vencido, hacemos bien en no ignorar. La encomienda escritural es la misma hoy que hace dos mil años: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8).

“Para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones”
(2 Corintios 2:11)

Por: Osmany Cruz Ferrer

Escrito para Devocional Diario

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