sábado, 13 de julio de 2013

Burbujas





Hace un tiempo, para llamar la atención y a modo de publicidad, una tienda de ropa y accesorios para niños había instalado en la vereda del local un curioso equipo que emitía abundante cantidad de burbujas de jabón. Era delicia de grandes y chicos pasar por ese lugar entre la nube de burbujitas.

 Mi hija, sin ir más lejos, cuando chiquita, le gustaba jugar con esos juguetes que producen burbujas de jabón. Al rayo del sol muchas de ellas parece que tuvieran distintos y tornasolados colores. El perro –nuestro fox terrier, del que hace mucho que no digo nada, pero aún vive, goza de buena salud y sigue haciendo de las suyas– también obtenía su generosa porción de diversión saltando y reventando burbujas. Un tan bello como efímero espectáculo de colores y movimiento.

Las burbujas tienen un aspecto curioso, colorido, gracioso. Entretienen y divierten la vista. Resulta una delicia verlas flotar en el aire con su espectáculo de colores y movimiento, pero todas, INDEFECTIBLEMENTE TODAS crecen o logran flotar hasta un punto en que el jabón comienza a secarse, disminuye la tensión superficial del líquido y terminan reventando, desapareciendo en el aire.

Y muchos de nosotros los cristianos, sin importar la edad física ni la espiritual, aún continuamos jugando con burbujas, aunque tal vez no las vemos. Costumbres, hábitos, descuidos, licencias que nos vamos tomando en la diligencia en el ministerio, la disciplina y en la obediencia cristiana. Hábitos y cosas que tal vez muchos de ellos no tienen porqué ser malos en sí mismos, pero que la reincidencia, la rutina inconciente y finalmente la incorporación a nuestras vidas y posterior dependencia de ellos los convierte en cosas no edificantes; o en todo caso en obstáculos que nos impiden gozar de todas las bendiciones de una comunión íntima, completa y profunda con Dios.

Todas las burbujas transitan un camino, su propia trayectoria. Unas más alto que otras, unas más lejos que otras. Unas más grandes que otras, unas más coloridas que otras. Pero el final siempre es el mismo: revientan brusca y repentinamente. Cada una de ellas nos recreaba la vista con su entretenido espectáculo, de repente en una fracción de segundo ya no está.

Cuando la proliferación de actos, hábitos, descuidos y licencias en nuestra vida llegan a su fin, son como las burbujas de jabón. Revientan espontáneamente. Y eso resulta ser un proceso doloroso. Darse cuenta de repente de que nuestra vida no era tan buena como teníamos pensado que lo era.

Por ello es imprescindible para nosotros tener y adquirir hábitos saludables de vida. Tanto para la vida física, mental como espiritual.

    ¿Quién podrá entender sus propios errores?
    Líbrame de los que me son ocultos.     (Salmos 19:12 RV60)

   Muéstrame,  oh Jehová,  tus caminos;
   Enséñame tus sendas. Encamíname en tu verdad,  y enséñame,
    Porque tú eres el Dios de mi salvación;
  En ti he esperado todo el día.      (Salmos 25:4-5 RV60)

    Y el mismo Dios de paz os santifique por completo;  y todo vuestro ser,  espíritu,  alma y cuerpo,  sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.   (1 Tesalonicenses 5:23 RV60)

Autor: Luis Caccia Guerra

Escrito para Devocional Diario

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.