martes, 29 de octubre de 2013

No se deje embargar por el rencor




 Fernando Alexis Jiménez | ¿Sabe usted algo de Victor Emil Frankl el fundador de la logoterapia? Este neurólogo y siquiatra de ascendencia judía, nació el 26 de marzo de 1905 en Viena, Austria, y es un verdadero ejemplo para el mundo.  Por espacio de tres años estuvo en un campo de concentración nazi.

             A pesar del sufrimiento, no permitió que nada dañara su corazón a pesar de que sufrió en los tristemente célebres campos de Auschwitz y Dachau. Esa experiencia le marcó para siempre y escribió el libro “El hombre en busca de sentido” y otros 27 libros. Murió el 2 de septiembre de 1997. Su influencia ha sido grande en millares de personas, a través de sus escritos. Él encarna a quienes creen en la necesidad de no permitir que nuestro ser se llene de sentimientos destructivos…

            Todos los seres humanos tenemos la posibilidad de anidar o dejar de lado, sentimientos negativos como el odio, el resentimiento y los deseos de tomar venganza por el daño que nos hicieron. Muchas personas le echan la culpa al diablo o incluso a Dios, porque tienen amargura y veneno en su vida. Desconocen que todos—usted y yo—tenemos la posibilidad de tomar decisiones, y sobre esas decisiones deberemos responder—hoy aquí en la tierra, y en un futuro en la eternidad ante el Señor–.

            Cuando vamos a las páginas de la Biblia, en donde siempre encontramos enseñanzas maravillosas y edificantes, leemos una sabia recomendación del rey Salomón: “Sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque este determina el rumbo de tu vida.”(Proverbios 4:23. NTV)

            Si le echamos una nueva mirada al texto, encontraremos que sobre nosotros recae la responsabilidad de vivir presa de la amargura y el odio, o por el contrario desechar esos sentimientos negativos por lo destructivo que resulta para nuestra existencia.

            Viene a mi memoria la historia de un soldado norteamericano quien estuvo por espacio de siete meses en poder de los vietnamitas. Como consecuencia de esa dinámica siniestra y diabólica de la guerra, le torturaron y hostigaron día y noche. No obstante, logró escapar y volver a su país.

            Pasados muchos años, volvió al territorio de Vietnam. Buscó al que fue su verdugo, inválido porque un explosivo destruyó sus piernas, y le dijo mirándole a los ojos: “Te perdono”. Dos palabras que lo marcaron para siempre porque decisión ser libre de la cárcel del rencor. No guardó nada destructivo en su corazón, y así lo comparte con sus hijos y nietos con quienes vive hoy en Arizona, Estados Unidos.

            En cada uno de nosotros está la responsabilidad de desechar o guardar cosas en el corazón, en esa área específica de nuestro ser donde quedan almacenados los recuerdos… Si creemos que resulta imposible, le recuerdo que con ayuda de Dios podemos lograrlo.

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