martes, 13 de diciembre de 2011

La maravilla del error



Estoy segura de que si hiciera una encuesta online en este momento y les pidiera que le pusieran “Me gusta” a la frase “A mí también me gusta fallar”, nadie le daría un click. ¿Me equivoco? Al menos yo no lo haría. No me gusta fallar, no me simpatizo cuando me equivoco, es más, me llamo la atención y me corrijo inmediatamente.
Soy severa y exigente conmigo misma; no me gusta darme cuenta que no tomé las medidas necesarias para no cometer un error y cuando hiero a alguien, me siento aún peor. Así soy yo, aunque no me guste muchas veces (la mayoría de las veces, la verdad)

Como soy así, muchas veces creo que Dios funciona de la misma manera conmigo, es como si pensara que Él mueve su cabeza asintiendo negativamente por lo que hice o dejé de hacer. Y en todos los años de conocer a Cristo que llevo, aún esta idea aparece como un fantasmita en los momentos de prueba o dificultad.

Por lo mismo, he tenido que aprender a mirar el lado positivo de mis equivocaciones y desaciertos. Sí, existe ese lado. Aunque sea MUY difícil de creer  y a veces de encontrar.

Muchas veces me he preguntado porqué seguimos equivocándonos si eso provoca heridas en nuestra alma y corazón, me respondo inmediatamente que a partir de esas experiencias, formamos nuestro carácter y nos preparamos para la vida. Pero yo creo que hay más, y que hay una razón muy positiva de porqué seguimos “metiendo la pata”, como se dice en mi país.

Una de las formas en que Dios nos demuestra Su amor es a través del perdón y la gracia que derrama en nosotros, ¿verdad?. Cuando sentimos esa clase de amor, una aplanadora puede pasar sobre nosotros y seremos capaces de hacerle frente y volver a ponernos de pie (mucho más delgados, por cierto). Sin embargo, para mí, hay algo maravilloso en el equivocarse. Sí, leíste bien. Escribí MARAVILLOSO. Déjame profundizar en esto.

Cuando vivimos una larga vida cristiana, muchas veces naturalizamos las oportunidades y posibilidades que otorga el evangelio  y que en algún momento impactaron nuestra vida. Cuando esto ocurre, el regalo de la vida eterna y todas las garantías que Cristo nos da se vuelven un “pack” que parecemos adquirir cuando le permitimos a Jesús vivir en nuestro corazón.

Lo que ocurre cuando fallamos, cuando nos equivocamos y nos arrepentimos de haber hecho algo contrario al plan de Dios, es maravilloso. Y lo es, porque recordamos lo frágiles que somos y que NADA nos diferencia de la gente que no tiene una relación personal con Cristo. Nada excepto la cruz….

En esos momentos, cuando nos sentimos profundamente arrepentidos, cuando nos duele el corazón por haberle fallado a Dios, es donde debemos tener los ojos bien abiertos y observar al mundo con los mismos ojos con que nos mira el Padre, esos ojos de amor y no de juicio. Esos ojos que son capaces de aceptarnos por completo y de separar lo que hacemos, de lo que somos. Nunca te olvides que también el pecado, el error, es una forma de acercarnos al corazón perdonador de Dios y volver a encantarnos, a enamorarnos. Cuando dejamos nuestra “divinidad” y vemos nuestra naturaleza humana emerger a la superficie recordamos quiénes somos de verdad, qué somos capaces de hacer y la inmensa “capa” de gracia que Dios debe poner sobre nosotros para que exista gente que nos ame, que nos respete y que, incluso, nos admire por alguna cualidad o atributo personal.

La próxima vez que sientas que fallas y te equivocas, piénsalo de esta manera:
“lo maravilloso (aunque suene muy loco) de pecar, es que recuerdo que no hay nada distinto entre yo y el resto de las personas que me rodea; sólo Su gracia, Su amor incondicional y Su perdón eterno me hacen ser tremendamente bendecido/a y seguir adelante, porque sé que al final del camino Él siempre estará esperándome, aunque a veces yo tome el camino más largo, de todas formas llegaré y Él  aguardará por mí”.

Autora: Poly Todo

Escrito para www.destellodesugloria.org

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